CUARTO DE HOTEL
Será EL sereno, pero el caso es que en estos días de muertos a mí no me gusta salir. Corren leyendas por nuestras calles de la Llorona, de fantasmas y de una y mil apariciones, claro que yo no creo en eso, pero uno debe tomar precauciones, sobre todo en estos días donde se presta al regreso de las ánimas, ya atraídas por las ofrendas o ya invocadas, como sea, les repito que a mí, en lo personal, no me gusta salir a ningún lado y suelo encerrarme en casita, pero mi mujer, estaba dale y dale con que quería pasar la noche de muertos en la Isla de Janitzio ¿ hasta allá? Pregunté sorprendido, sí, me contestó ella, es la tradición mexicana acudir a esos sitios la noche del día 1ero de noviembre. En fin, ya le había dicho que no, pero ante tanta insistencia, Pancha, mi mujer, se salió con la suya e hizo que comprara los boletos de autobús, primero para Pátzcuaro, y luego que contratara un viaje para la Isla en esa noche de celebraciones.
Desde el primer día padecimos de las incomodidades de quienes viajan al mismo tiempo que miles de turistas de todo el mundo, y es que no teníamos ni idea, pero llega gente de todas partes del extranjero, sobre todo Francia, Alemania e Inglaterra, en donde sus tradiciones de muertos son muy distintas y les llama poderosamente la atención estas celebraciones en México.
Como les digo, no había pasaje, no había hospedaje, no había lugar donde sentarse en los restaurantes. Todo estaba carísimo y sucio, lleno de basura, sin los suficientes sanitarios públicos y con mucha gente, sobre todo adolescentes, festejando con vasos llenos de alcohol por las calles de la ciudad.
Como el tour costaba 350 pesos y yo tengo un empleo de burócrata y presupuesto reducido, decidimos que sólo compraríamos un boleto y que iría Pancha. Ella le entusiasmó esa idea y para nada me dijo que me extrañaría, debí suponerlo; después, me dediqué a buscar un cuarto de hotel y fue como encontrar una aguja en un pajar, ya que todos, caros y baratos, estaban a reventar, habiendo sobrepasado el lleno total, hasta con camas en los pasillos, pero no me di por vencido sino que busqué y busqué hasta que encontré un hotel llamado “ San Gabriel”, al principio me dijeron que no tenían habitaciones, que todo estaba lleno, pero insistí y entonces una Señora que estaba de “oyona”, se le salió decir: Pues sólo que quiera el cuarto embrujado… ¿ cómo está eso? Pregunté, y las chicas encargadas me dijeron muy serias que en efecto, ese cuarto no lo asignaban a nadie porque sucedían cosas extrañas en las noches. ¿ Pregunté cuanto rentaba y me dijeron? Es más barato, como nadie lo quiere… ¿ cuánto? Volví a preguntar y me contestaron: 200 pesos..
Pensé que se habían equivocado, esa noche no había cuartos tan baratos, el más económico y en un hotel de ínfima categoría, me habían dicho que costaba 450 así que no lo podía creer, me lo repitieron y les dije que lo aceptaba con todo y fantasmas.
A ellas no les gustó mi broma pero me dieron la llave del cuarto no. 8, quedaba al final del pasillo principal, pasando primero por un patio colonial rodeado de flores, macetas y en cuyo centro había una fuente, sin agua, cabe aclarar.
Entré en el cuarto. Era pequeño y encendí las luces. Había una cama matrimonial de cabecera de metal rojo desgastado y tenía dos colchones que se notaba a leguas no habían sacudido y con las mismas sábanas de mucho tiempo. Al lado había otra pequeña cama y en frente el televisor y dos muebles, uno que parecía sillón de mimbre con un cojín verde olivo y otro, que se asemejaba a un tocador de madera. Tenía un clóset muy antiguo, el cual rechinaba al abrirlo y cerrarlo y en cuyo interior se encontraba una luna del tamaño de una persona, la cual sólo se sostenía al estar recargada en la pared. Cerré este mueble ya que me disgustaba verme tan gordo y sucio del viaje y además porque pensé era probable que en un descuido el espejo se estrellara, lo que agregaría más años de mala suerte a mi ya mala fortuna. Por eso no desempaqué ni colgué nada, dejando las maletas a un lado de la puerta. El lugar estaba alfombrado con un tapete verde seco y se veía polvo por todas partes, aunque no basura. El baño estaba a la izquierda de la cama y era muy pequeño.
Me senté en el sillón y salieron corriendo varias arañas, encendí el aparato de televisión con el control que me habían prestado en la gerencia pero este nunca agarró la señal, viéndose todos los canales en puras rayas horizontales.
Me di por vencido de tratar de ver algo para distraerme y fue entonces que empezó a moverse el foco del techo como si hubiese aire; me fijé y no había corrientes que provocaran tal movimiento. No tardó en prenderse y apagarse varias veces.
Me salí de inmediato y fui a quejarme del servicio a la administración. Ya no se encontraban las muchachas, sino un tipo siniestro y en-chamarrado que se me quedó viendo sin prestarme atención. Después de escucharme me dijo: Por eso no alquilamos ese cuarto, ya sabemos que tiene problemas ¿ qué tipo de problemas? Le pregunté. Fantasmas, sí, ahí hay difuntos que regresan a dormir, y más esta noche de muertos.
Me enfadé y le dije que los desperfectos nada tenía que ver con fantasmas, que no había luz y la televisión no encendía. En forma paciente, me acompañó a revisar el cuarto y qué curioso…cuando el tipo probó la luz servía y la televisión también, me reí nerviosamente y él se salió sin darme la oportunidad de disculparme. Como ya era tarde, saqué algunos alimentos que había traído desde México para cenar ahí y ahorrarme la cena en un restaurante, ya iba a sentarme a comerlos cuando pensé; sería mejor si antes me diera un baño, estoy muy sucio. Como ya eran casi las diez de la noche y no sabía a qué hora Pancha regresaría, pues me metí al baño para darme prisa, pero al entrar ya había una nube de vapor que lo cubría todo. No me pude explicar esto ya que no había nadie ahí para provocarlo, era como si alguien hubiese acabado de tomar un baño caliente. No quise estarme fijando en tantas cosas y además mi cansancio me impedía pensar con claridad. Seguro que debía haber una explicación lógica para esto, como que los empleados habían dejado abierta el agua, la cosa fue que me estaba bañando cuando dejó de caer el agua y me quedé enjabonado. Muy enojado salí y resbalé aún con las chanclas puestas, con lo que me di un golpe en la parte posterior de la cabeza.
Por fortuna, no perdí la conciencia y me pude arrastrar a gatas hasta la cama, donde me tendí ya sin secarme y sin ponerme ropa. Pasaron unos minutos y sentí que me estaba congelando. En estos lugares de la rivera del Lago suele hacer frío por las noches, además ya era noviembre.
Me medio vestí y me metí a la cama sin haber cenado. Después de tantas dificultades hasta el hambre se me había ido. Di vueltas y vueltas en la cama y no conseguía dormirme. Encendí la televisión y otra vez puras rayas, encendí la luz y se prendía y apagaba caprichosamente, por lo que opté por dejarla apagada. Volví a la cama y sentía las cobijas pesadas, las conté, eran tres además de la colcha, traté de quitármelas de encima pero no lo lograba ya que se me resbalaban de las manos como si fueran de metal en lugar de lana. Por fin me quedé quieto y miré para la otra cama, me imaginaba cuánta gente debía de haber dormido ahí antes que yo y cuántas cosas habrían sucedido, noche tras noche, en un cuarto de hotel, y entonces razoné: No es que esté embrujado, es que tiene muchas historias entre sus sábanas.
Con esta idea traté de dormirme pero tampoco pude; permanecí en vela hasta la madrugada, cuando escuché los pasos de Pancha, quien se acercó a mí, me dio un beso y al ver que no estaba dormido, me dijo: Ay, cariño, no sabes de lo que te perdiste, otro día será que puedas tú también ir y ver cómo celebran estas gentes a sus difuntos, es todo un espectáculo, buenas noches,
Y diciendo esto, se metió conmigo en la cama y se quedó dormida.
Bertha Sánchez
Noviembre de 2005
Pátzcuaro, Michoacán
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